Introducción

En Abya Yala, hay múltiples vivencias de la fe indígena y cristiana. La historia de los pueblos indígenas está entrelazado con el dolor, lamento, genocidio, y epistemicidio, junto con alegría, celebraciones, ceremonias, sabiduría y memorias. Así que, cuando traemos al corazón las cosmovivencias, debemos reconocer que no hay una historia o memoria única en Abya Yala, aún en la vida y en la misión de la iglesia indígena. Sin embargo, a pesar de esta pluralidad de experiencias debemos también ser conscientes de que cuando hablamos de discipulado, también lo hablamos desde donde nos situamos. Es por eso que cuando pensamos en un discipulado indígena, pensamos de manera integral, ya que los pueblos indígenas en su sabiduría y desde sus epistemologías no hacen una separación de la vida entre lo material y lo espiritual, sino que todo tiene vida y todo está interrelacionado con Dios, el cosmos, la tierra y todo lo existente en ella. Es por eso que a partir de esta investigación creemos que es preciso no solo conocer lo que piensan las comunidades de fe cristianas indígenas, sino también aprender del saber indigena para un camino de búsqueda de seguir siendo fieles al evangelio de Jesús, en una escucha activa a los saberes ancestrales. Ser fiel al evangelio de Jesús es reconocer a Jesús como el camino a la salvación/sanación/reconciliación de toda la creación y que su muerte y resurrección nos muestra el camino y es dedicarnos a caminar en ese camino. Implica escuchar la voz del Creador en las Escrituras, y también en su creación y en los portadores y las portadoras de su imagen, los seres humanos, lo cual implica que las culturas humanas también son portadoras de algo de la revelación de la vida y la verdad de Dios, igual como son portadoras de muerte. Por eso tenemos que escuchar atento. 

Este proceso de escuchar desde las comunidades de fe y desde sus tradiciones ancestrales también quiere animarnos intencionalmente a reconocer que pensar como indígenas es parte fundamental de la realidad de los pueblos y no es necesario pedir permiso a la iglesia para pensar y vivir como indígenas. Tampoco buscamos decir que todo lo que viene del Occidente está mal. Reconocemos que hay mucha riqueza en las tradiciones cristianas eurocéntricas también, pero lo que buscamos es un diálogo más honesto con la historia de la iglesia con los pueblos indígenas y que busca valorar lo que por mucho tiempo ha sido ignorado y despreciado. Más bien, este ejercicio de diálogo nos permite respetarnos, sabiendo que muchos creyentes indígenas siguen conformes con lo que han aprendido de la iglesia que vino del Norte pero que también hay otros que están en la búsqueda de un discipulado desde perspectivas indígenas. Lo que no descartamos es la esperanza de que estos diálogos generen acciones concretas que nos ayuden como comunidades de fe a vivir una vida conforme a Jesús de una manera que dignifica a cada pueblo.

Como comunidad de práctica presente en varios contextos del continente, entonces nos pusimos a escuchar y buscar entender a nuestros hermanos y hermanas en la fe y ver cómo podemos caminar hacia un discipulado indígena que cultiva una fe auténtica y transformadora. El diálogo que entablamos tuvo dos metas. La primera parte tenía el objetivo de entender mejor cómo las y los cristianos en pueblos indígenas perciben el discipulado en la práctica y ver la posibilidad de fomentar un discipulado con raíces indígenas. La segunda meta fue usar estas conversaciones no para sacar información sino para generar diálogo justo sobre la misma cuestión de “¿qué es o podría ser un discipulado indígena integral?” Con esto en mente, los miembros del equipo de Memoria Indigena (MI) buscamos acercarnos a los diferentes grupos y espacios donde nos encontramos. Algunos entrevistaron a pastores de su denominación, otros a amigos o conocidos de su comunidad. También conversamos del tema con grupos focales, y en encuentros o talleres donde nos invitaron a compartir con hermanos y hermanas indígenas. Al final, alcanzamos conversar con muchas personas representando 20 etnias en 6 países sobre las preguntas que teníamos acerca del discipulado. Reconocemos que sigue siendo un grupo muy pequeño y no pretendemos representar a “los indígenas,” pues sus culturas, lenguas, vivencias y conocimientos son muy diversos. Al mismo tiempo, además de algunas discrepancias a raíz de estas conversaciones tan diversas, salen varios hilos en común. 

Cada realidad de cada pueblo indígena tiene distintas maneras de cómo se abordan las preguntas. Algunas se dialogan en grupos, otras escuchando testimonios o conversando en el camino, y en algunos casos en talleres. Es importante mencionar este punto porque aunque existen muchas metodologías para una investigación, hemos intentado ser muy sensibles y flexibles a las realidades en nuestros contextos. Por lo tanto la experiencia es diferente en cada territorio indígena. Y aunque en este escrito no abordamos de manera profunda las metodologías, sí vale la pena mencionarlo, porque el cómo hacemos un proceso como este también habla de nuestro compromiso por aprender y caminar desde las sabidurías indígenas. Por otro lado, algunas conversaciones en el equipo de Memoria Indígena estuvieron atravesadas por algunos conceptos que están en boga en la academia y que en este informe no profundizamos por la naturaleza de la misma.

Lo siguiente es una exploración de estos hilos que encontramos en común y algunos otros, empezando con la percepción o comprensión del concepto de discipulado entre indígenas evangélicos y evangélicas y moviendo hacia unas miradas críticas y sugerencias que ofrecen nuestras hermanas y hermanos para cultivar un discipulado más cercano a unos pensamientos y realidades indígenas. Como conclusión, ofrecemos algunas ideas y propuestas desde lo dialogado y tejido en el camino para invitarnos a todos y todas a reflexionar y cuestionar para considerar estos temas en nuestras propias comunidades, sean indígenas o no. 

¿Qué es el discipulado? 

En los diversos espacios y encuentros donde nos encontramos, invitamos a nuestros interlocutores a compartir con nosotros, ¿qué es el discipulado? Cuando escuchas la palabra discipulado, ¿qué viene a la mente o al corazón? ¿Cómo lo hacen en su comunidad de fe? ¿Y en qué consiste? 

Sin excepción de lugar o etnia, la mayoría de las personas que consultamos que ya han estado introducidas a la “cultura evangélica” (la iglesia occidental/colonial dominante) tienden a asociar el concepto “discipulado” con un proceso de capacitación o educación en la Biblia y en algunos casos en doctrinas de la iglesia. Específicamente, hay una idea de que es un proceso en el cual los que tienen “conocimiento bíblico” transmiten ese conocimiento a otros, con la esperanza de que una vez tengan ese conocimiento se conviertan en maestros y repliquen también. 

Más allá del conocimiento de la Biblia, muchos entienden que el discipulado incluye aprender ciertas doctrinas de su iglesia particular y el significado de ciertos rituales que practican, como el bautismo. En algunos contextos de iglesias indígenas, como es el caso de los pastores de la iglesia presbiteriana en Guatemala o para muchos evangélicos indígenas de los Andes de Perú y Bolivia, entienden el discipulado desde la perspectiva de un programa de cambio de identidad cristiana-religiosa de católica a la evangélica, mientras en otros contextos lo imaginan como un proceso de transformación del mundo tradicional-indígena al mundo “cristiano” de un modelo que sigue la modernidad del Norte. 

Muchos hacen una conexión entre el discipulado y el evangelismo también. Algunos lo entienden como el paso después de la conversión para madurar en la fe, y otros lo ven casi como parte del proceso de evangelismo y que un buen discipulado debe resultar en más evangelismo y más discípulos. Entre estos matices diferentes, un hilo común entre muchos es que este proceso es algo estructurado y sistemático. Para algunos esto involucra programas diseñados con materiales, maestros y pasos que seguir. Para otros es asegurar que la discípula o el discípulo está participando en todas las actividades de la iglesia. Algunos mencionaron que visitar a las personas en su casa es parte importante del discipulado. En el caso de las iglesias evangélicas mayas de Guatemala, para muchos el discipulado está en las canciones que cantan en los tiempos de alabanza.

Mientras hay un enfoque fuerte en obtener conocimiento bíblico y doctrinal de una manera sistemática, muchos también reconocen que el discipulado es un proceso de toda la vida y que debe involucrar un acompañamiento en la vida que lleva a una aplicación práctica. Varios describen el discipulado como un caminar con Jesús, un proceso de acompañamiento a una persona en su vida para que caminen más conforme la imagen y enseñanza de Jesús. En este caso, el discipulador no solamente enseña información bíblica sino demuestra con la vida, con su testimonio, al caminar junto con el discípulo, cómo vivir. Otros reconocieron que el discipulado se trata de la vida diaria, que el conocimiento tiene implicancias para la forma que vivimos y tomamos decisiones, llevándonos hacia una vida transformada. Por ejemplo, un joven Gunadule comentó que los abuelos y las abuelas le enseñan desde pequeño cómo relacionarse en la comunidad, ir a trabajar al campo y pescar. En su experiencia, comentó: “si solo te enseñan con palabras la importancia de pescar, pero no a pescar, esta enseñanza no ayuda mucho cuando toca ir a pescar”. Entonces el discipulado es como cuando se te enseña a pescar, en el día a día, en el mar. 

Este discipulado que se propone desde este ejemplo involucra toda la vida de la persona en la comunidad y esta vida al servicio de la comunidad. También refleja lo que hemos visto y experimentado en comunidades indígenas, que la espiritualidad es tan parte de la realidad, del paisaje local y la vida diaria, que en muchas culturas ni existe un concepto o palabra que separa las esferas pública/privada o pensamiento/acción o espiritual/físico o secular/religioso. Sin embargo, como evidenciamos en nuestras conversaciones y actividades con varias iglesias indígenas, muchos indígenas cristianos y cristianas que han sido formados por maestros cristianos de pensamiento dualista occidental han perdido o rechazado el pensamiento indígena, formando un mundo donde en ámbitos evangelicales razonan y piensan de forma más occidental/colonial/eurocéntrico y afuera en ámbitos de la comunidad y la vida cotidiana piensan de forma más cercano a la cosmovisión de su pueblo.

En el último análisis, era evidente que muchos creyentes indígenas fueron formados para pensar que “los que saben” hacen el discipulado con otros porque se trata de transmitir el conocimiento que tiene a los que no tienen. Y la implicación es que los indígenas, por lo general, no son “los que saben” porque no tienen la capacitación o educación correcta o aprobada por los líderes denominacionales, seminarios, y misioneros. Para la mayoría que han sido formados así con mucha influencia de la iglesia eurocéntrica y urbanocéntrica, hablar de discipulado cristiano reveló un divorcio en su pensamiento entre “lo cristiano” y “lo secular.” Cuando usamos una palabra “evangélica” como discipulado automáticamente muchos piensan en términos de programas e indoctrinación. Aunque dicen que el discipulado implica un acompañamiento en la vida, para muchas personas están pensando en la vida de la iglesia, no en la vida de la comunidad local. Para ellos, el discipulado ocurre dentro de las cuatro paredes de una congregación local y la vida “afuera” no está contemplada como parte de un discipulado. Mientras para algunos, especialmente para los que buscan seguir a Jesús desde sus comunidades tradicionales, ven el discipulado como un proceso de formación que toca todos los ámbitos de la vida y que también necesita buscar una forma de dialogar respetuosamente con la tradición del pueblo. Estas personas reflejan un deseo de no dividir su pensamiento entre “cristiano” y “el mundo” (lo cual incluye lo indígena según muchos líderes eclesiales no indígenas) sino buscar integrar la vida en Cristo con su pueblo y contexto. 

¿Qué aprendemos en un discipulado?

Ya observamos que para la gran mayoría de indígenas creyentes, el concepto del discipulado cristiano involucra a una persona que enseña o capacita a otro(a) para que luego esas personas también se conviertan en personas que discipulan a otras y que el contenido de esa enseñanza tiene un fuerte énfasis en la Biblia y las doctrinas de la iglesia. Para algunos, casi se trata de aprender las reglas que deben regir en la vida de un cristiano y disciplinarse para cumplirlas. Para otros, se trata de un proceso más orgánico de estudiar y conocer el carácter de Dios y la vida e importancia de Jesús. También varios lo ven como un proceso de disciplina para formar el carácter de una persona o para llevarlo hacia una sanidad interior. Algunos mencionaron que más allá del puro conocimiento, esta formación del carácter debe tener una aplicación práctica en la vida, ayudándonos a ver cómo amar al prójimo. 

Una cosa que observamos es que mientras muchos pueden dar una respuesta general sobre el discipulado como un proceso que nos lleva a mayor conocimiento y un comportamiento más conforme a Jesús o la Biblia, no desarrollaron mucho de lo que significa esto en la práctica. Es fácil hablar de la meta de conformar su vida en seguimiento a Cristo, pero ¿qué significa esto en el día a día? Muchos pueblos indígenas enfrentan problemas serios con raíces estructurales en los sistemas coloniales de dominación y extracción y sus consecuencias. ¿Por qué no hablamos de un discipulado que toca estas realidades? De la misma manera, muchos hablan de la enseñanza de contenido bíblico y doctrinal, pero nos preguntamos, en estas comunidades, ¿quién define lo que es “sana doctrina” o “enseñanza bíblica,” o quién interpreta las enseñanzas de la Biblia?

Para muchos indígenas cristianos y cristianas que han sido formados por iglesias y misiones que vienen de afuera, cuando tocamos el tema de lo que se enseña en un discipulado, hay una idea de que no hay que “mezclar creencias con la verdad.” Lo que quiere decir es que muchos sienten la presión de que hay que diferenciar entre lo que dice la Biblia (“la verdad”) y lo que dice mi cultura (“creencias”), y que la Biblia toma prioridad por encima de la cultura. Pero el problema es que en muchos contextos encontramos que esta “verdad” es más que nada una imposición cultural que muchas veces dista de la ética del Shalom de Dios para la comunidad indígena.

De hecho, cuando dialogamos más profundamente sobre la cultura local, vemos que en muchas culturas los ancianos y la tradición enseñan una ética que en su mayor parte se conforma a una ética de Jesús. En nuestra experiencia muchas tradiciones indígenas tienen una ética más cercana al corazón de Jesús que lo que encontramos en los países “cristianos” del norte y la imposición de “la verdad bíblica” o “la cultura cristiana” de la iglesia eurocéntrica está separando a las comunidades indígenas de esas tradiciones que podrían contribuir a una práctica de fe más rica y una lectura bíblica más profunda. 

La importancia de cuidar a los más vulnerables (ancianos y ancianas, niños y niñas, enfermos y enfermas, las plantas, animales, agua), la importancia de no amontonar sino compartir y asegurar que todos y todas tengan lo suficiente, la reciprocidad, el respeto mutuo, la hospitalidad, la inclusión, la cooperación, el humor, el reconocimiento de nuestra relación con toda la creación y la forma de escuchar atentamente a la creación y aprender de ella—todas son prácticas que denuncian proféticamente la avaricia y destrucción del mundo capitalista del occidente en el cual mucho de la iglesia dominante en el Norte está atrincherada y dependiente y ha buscado exportar su forma capitalista de ser iglesia al resto del mundo. Estos valores y otros son enseñados en la vida diaria, pero son las prácticas, rituales, y ceremoniales que también sirven como formas de transmitir este conocimiento que muchas veces asustan a la iglesia cristiana eurocéntrica. El problema muchas veces es que condenan sin primero conocer, por lo tanto no reconocen y por ende no hay diálogo. Por esta historia que ha sido repetida en tantas comunidades, es necesario reconocer a la iglesia indígena y revalorar lo propio que tiene un valor relevante para la vida de fe y el bienestar comunitaria. En muchos casos hemos estado imitando a los no-indígenas porque eso es lo que nos dijeron que es la forma correcta de seguir a Cristo, pero eso nos ha alejado de nuestra forma de ser, la cual también porta y revela a Dios. Entonces creemos que es posible un discipulado que no solamente valora lo nuestro y nos ayuda a enraizar nuestra fe y nuestra identidad, sino también es posible un discipulado que valora nuestras formas de enseñar y aprender.

¿Cómo sería el discipulado desde la realidad y sabiduría de los pueblos indígenas? 

Primeramente hay que reconocer que si preguntamos “¿cómo sería un discipulado más indígena?” que “más indígena” puede tener diferentes significados en diferentes contextos debido a las grandes diversidades de historias, culturas, y vivencias actuales en los mundos indígenas y, como intentamos hacer en este documento, se deba reconocer la diversidad de definiciones conceptuales y prácticas de lo que significa discipular en Abya Yala. Además esta pregunta hace alusión a reconocer la importancia de las realidades y sabidurías indígenas y desde allí aproximarnos a entretejer un discipulado que toma en cuenta la sabiduría y la epistemología indígena (más indígena). Tomando en cuenta estos matices, hicimos esta pregunta entre nuestro equipo y preguntamos a nuestras hermanas y hermanos del camino. Plantearnos esta pregunta también nos ayuda a descubrir y analizar lo que pensamos tanto sobre el discipulado como lo que definimos como indígena. Dialogamos acerca de esta pregunta reconociendo que nosotros y nosotras hemos sido formados y formadas en nuestra mayoría en iglesias que no toman en cuenta las riquezas que ofrecen las culturas indígenas a la iglesia y siguen un formato de discipulado como describimos arriba. Reconocemos también que estas ideas salen de conversaciones y talleres donde buscamos reimaginar la formación espiritual en conexión más integral con nuestras culturas y cosmovivencias– no que lo hemos logrado ni que estas ideas son una prescripción para “cómo hacer un discipulado indígena,” sino esperamos que estas ideas y críticas ayuden a abrirnos a otras posibilidades.

En nuestras andanzas y conversaciones, vimos que algunas iglesias, especialmente las que forman parte de alguna denominación más grande, tienen un instituto o un programa para entrenar y formar líderes para discipular. Otras iglesias ofrecen materiales para usar en la iglesia para discipular. Entre las iglesias con programas y materiales, todos tienen un enfoque completamente bíblico—pero muy pocas miran el contexto actual donde viven, y casi nada de la cultura del pueblo. Por ejemplo, varios señalaron que un discipulado debe servir para cultivar liderazgo en la comunidad de fe, pero nadie pregunta, ¿en qué consiste el liderazgo? No han hecho un trabajo sobre esa pregunta desde la cultura. Entonces, ¿quién está definiendo el buen liderazgo?

Cuando preguntamos cómo sería un proceso de formación espiritual o discipulado cristiano más indígena, la gran mayoría está de acuerdo con lo que dijo un hermano wiwa, que tenemos que cambiar de un discípulo de salón a un discipulado del camino. Sería enfocado en acercarse a la gente y no solamente a la Biblia, a dialogar con la gente y cultivar amistades. Como aseguró un pastor emberá katío, es un “acercarse no de frente con la Biblia sino con una relación. Enfocar en la costumbre y cultura, reconocerlo, y después ver dónde entra la Biblia. Es un proceso y no es rápido.” Una mujer kogi comentó al respecto que, en vez de ir directo a arrojar citas bíblicas, “primero escuchamos al otro. Yo te escucho, tú me escuchas, y así nos desarmamos a través de la palabra y la escucha.” Se trata de un diálogo en el camino de la vida, no un ataque al otro ni una defensa contra el otro. 

Se puede notar de estos comentarios que un discipulado indígena no hace una división tan clara entre los “convertidos” y los “no convertidos.” En muchos programas eclesiales de discipulado, se supone que el discipulado es un proceso que comienza después de una experiencia de conversión. Pero en nuestras conversaciones vimos que en un discipulado indígena encontramos un proceso que comienza con una relación con el otro, sin preocuparse si está “dentro” o “fuera” sino solamente conociéndolo al escucharlo y dialogando a través de la práctica de la vida diaria. Como comentó un hermano, “En ningún lado la Biblia enseña que debemos rechazar a los que no son cristianos.”

Un hermano kogi explicó, “Yo no puedo predicar lo que me enseñaron [los misioneros]. La gente me va a echar. Primero debo relacionarme, entender bien. Siempre he sido bueno con la gente, pero mi carácter antes era bien problemático, pero ya no. Entonces algunos padres quieren que yo enseñe ahora. Esa es mi oportunidad. No sirve hacer las cosas rápido.” Muchas otras personas compartieron sentimientos parecidos, que la forma de discipulado comienza con demostrar con la vida, ser un buen testimonio que invita a la gente a preguntar sobre la vida que uno vive. Este proceso, como varios observaron, es mucho más lento que simplemente compartir unas creencias o citas bíblicas y esperar que la persona o la comunidad cambie su modo de vida. 

Entonces vemos que el proceso del discipulado requiere no solamente a un “maestro” de la Biblia que enseña al otro que no sabe, sino requiere un conocimiento mutuo. Cada uno enseña al otro. El comentario de un hermano reflejó el pensamiento de varios participantes: “Yo veo que no crecemos porque estamos imponiendo y la gente se ofende y piensa que [la enseñanza impuesta] no es de ellos.” Más bien, si estudiamos nuestras culturas, encontraremos que podemos aplicar lo que aprendemos de la Biblia a través de nuestras culturas. Muchos pastores y líderes indígenas en la iglesia no entienden eso porque les han enseñado oponerse a su propia cultura. Ellos sólo condenan la cultura, y en lugar de buscar cómo interpretar y aplicar la Biblia a través de la cultura, se guían solo con el conocimiento de la gente no indígena. Es por eso que muchos líderes tradicionales y comunidades rechazan lo que ven de la fe cristiana porque dicen que es solamente para los no indígenas. Si solo sabemos comunicar nuestra fe de las formas que los no indígenas lo hacen, entonces nuestros pueblos nunca la vamos a ver como algo propio. Así que, no es posible crear un genuino espacio de formación si uno entra presumiendo que solo él o ella tiene algo que enseñar. Más bien, sería mejor empezar desde un deseo de conocer profundamente nuestra propia cultura y pueblo además de las Escrituras, y antes de compartir lo que dice la Biblia tenemos que ir descubriendo ¿qué es lo más importante para las personas en nuestra comunidad? ¿Cómo definen el bienestar en nuestras comunidades y cómo podemos ayudar a restaurar los valores tradicionales que promueven el bienestar común?

Al mismo tiempo, dentro de la comunidad de fe los participantes enfatizaron tener en cuenta la vida diaria también. Como una mujer wayúu comentó, “El discipulado es explicar las enseñanzas de Jesús mientras hacemos una comida comunitaria. Es orar por ellos. Se trata de intercambiar materiales, alimentos y ocupaciones. Construirles huertas en las viviendas. Muchas veces dándole refuerzos a los niños a nivel académico. Celebrar el cumpleaños de los discípulos y otros también.” Entonces debemos integrar mucho más que una transferencia de información sobre la Biblia. En la comunidad de fe, nuestro discipulado debe responder a las necesidades y los sueños de la comunidad. Eso implica que nuestro discipulado debe tocar cada aspecto de la vida, en nuestras relaciones familiares, sociales, económicas, políticas, y ecológicas. La intención es aplicar una ética bíblica que nos lleva más cerca al shalom de Dios en su proyecto de reconciliar todas las cosas que dialoga con nuestro contexto cultural y la realidad en la cual vivimos, con nuestros dones, tesoros, sueños, anhelos, luchas, conflictos, problemas y necesidades. 

Además, muchas personas estuvieron de acuerdo que debemos buscar formas de reunirnos, compartir, enseñar y aprender que son parte de la cotidianidad. ¿Cómo enseñamos y aprendemos en nuestros pueblos? ¿Por qué no buscar integrar estas formas en nuestra formación espiritual en nuestras comunidades de fe? 

La incorporación de pedagogías indígenas en procesos de discipulado cristiano en nuestras comunidades

¿Se puede discipular o educar usando las formas de la tradición local? Sí. Muchos ven que no solamente es una opción, sino que si realmente queremos ver crecimiento en la iglesia local entonces es una necesidad conectarnos con estas formas pedagógicas propias. Por ejemplo, un hermano emberá compartió la historia de cómo un misionero extranjero pasó 20 años entre su pueblo, hasta que aprendió su idioma y la cultura. Pero en 20 años solo un emberá decidió creer en Jesús y seguir el ejemplo del misionero. Pero después de tanto tiempo, cuando el misionero se fue y dejó la obra en manos de esta persona, en solo 3 años ya 7 emberá han decidido seguir a Jesús. Según este hermano la razón es que el misionero enseñó, pero no hubo comprensión. “Tiene que haber enseñanza desde la propia comunidad, desde adentro. Alguien que entiende y transmite de la forma que la gente aprende.” Y más allá de eso, este hermano explicó que saber enseñar de una forma que la gente sabe aprender va más allá de la proclamación verbal, sino tiene que ver con toda la vida: “El hermano emberá juega con nosotros, va a pescar con nosotros, vive con nosotros, interactúa.” 

Entonces una primera observación era que hay que buscar formas de reunirse y de enseñar que son naturales para nuestros contextos. Esto significa que sacar una Biblia—la palabra escrita—no ayuda mucho, o a veces estorba, cuando estamos inmersos en culturas orales donde el papel no tiene importancia. La oralidad como elemento exegético, hermenéutico, epistémico y pedagógico es muy relevante para la comprensión de la ética de la vida de Jesús. Es decir que la oralidad como componente de transmisión de la sabiduría de los pueblos indígenas es muy importante y cuando nos referimos a la vida de un seguidor de Jesús indígena, esta clave para la vida es necesaria en el día a día para la comprensión y vivencia de la fe. Si miramos al discipulado como una práctica de vida en la cotidianidad, en realidad la mayoría se hace sin una Biblia en las manos, pero programas y estructuras y materiales de discipulado que ofrecen muchas iglesias como recursos para iglesias indígenas están muy centrados en la lectura y la palabra escrita. Es un tema que hay que estudiar y considerar más a profundidad. 

En nuestras culturas, la mayoría tenemos una pedagogía centrada en las historias y relatos. Estas pueden ser transmitidas por música, danza, rituales y fiestas, y tiempos de sentarnos a escuchar cuentos. Se trata de alimentar los momentos de la vida diaria. También se cuenta en los tejidos de mochilas, aguayos, al coser la mola, y tejer una canasta. Nos compartió un hermano Chuj, “En el mundo maya, mediante rituales de danzas, ofrendas, cantos, juegos, recreación, representaban y transmitían las acciones de los dioses, los cuales servían para enseñar a los humanos cómo deben tratarse y tratar a los dioses.” En el pueblo Guna se transmite la memoria de lucha para preservar su pueblo a través de rememorar con el teatro comunitario. Además de lo contado durante las actividades diarias, algunos pueblos tienen espacios o tiempos especiales para contar, como en la noche alrededor del fogón o en alguna casa o espacio designado especialmente para estas cosas. En algunos casos, son ciertas personas en la comunidad, los especialistas, en otros, es la tarea de todos los mayores contar a los menores.

Mientras cada cultura tiene sus formas distintas, compartimos pedagogías y epistemologías centradas en la oralidad y las historias. Entonces no fue sorprendente que muchos participantes mencionaron la necesidad de un discipulado indígena centrado en contar historias. Como un hermano wichí nos contó, “siempre te cuentan la historia como una forma de enseñarnos. Ven que necesitas aprender algo, te cuentan la historia del zorro o del conejo o un ave y enseñan a todos.” Otra hermana guna, comentó sobre las historias que le cantaba su abuela sobre las aves, quienes al observarlas, aprenden cómo organizarse en comunidad. Cada cultura tiene sus formas de enseñar y usar historias, y en cada comunidad debemos hacer el trabajo de observar y pensar cómo podemos utilizar estas formas en un proceso de formación espiritual cristiano también. Por ejemplo, en el caso de los wiwa, un hermano nos contó, “cuando los wiwa nos dedicamos a temas espirituales demoramos días o una semana. No dormimos mucho. Entonces como cristiano no se trata de sacar un versículo y explicarlo en un limitado tiempo. De la misma manera que no creemos que los misioneros desempacan a Dios aquí en la sierra, tampoco podemos aceptar que traigan paquetes de discipulados condensados en materiales de estudios.” 

Pero la mayoría de indígenas cristianos y cristianas con quienes conversamos no habían imaginado las posibilidades de seguir usando las mismas formas tradicionales para enseñar en la comunidad de fe también. Se suponía que los cristianos vinieron con sus propias formas de enseñanza o discipulado y que esas son las aceptables para un uso “cristiano.” Sin embargo, al conversar y explorar esta cuestión más a profundidad, muchos comenzaron a ver que la forma que uno enseña no es “cristiano” o “pagano” y que de hecho, usar las formas que siempre han sido parte de su tradición probablemente sería mucho más efectivo. Entonces hace falta hacer un trabajo entre comunidades de fe cristiana en pueblos indígenas para repensar y recuperar formas tradicionales de enseñanza, incluso las formas centradas en relatos e historias. Como dijo un hermano guna, “Nosotros los indígenas tenemos que tener en cuenta lo que hacemos y cómo vivimos.”

Pero, ¿qué historias contamos? ¿Cuáles historias sirven para discipular? Como un pastor Guna comentó, “Muchos valores en la Biblia también están en la cultura.” Podemos usar nuestras historias y relatos, nuestras canciones y artes, para enseñar también cuando siembran valores que dan vida. Podemos aprender a dialogar entre nuestras historias y las historias de la Biblia, como un hermano kogi comentó, “Si comparamos con la Biblia podemos ver que nos enseña mediante la historia también.” Otros comentaron que el indígena cristiano o la indígena cristiana puede compartir la historia de su vida y su relación con Jesús. Otros enfocaron en cómo podemos contar historias que encontramos en la Biblia de una manera que conecta con la realidad de las personas o que les ayuda a adentrarse en el mundo de la historia que contamos (sin sacar un libro). Encontramos que contar una historia bíblica pero en el estilo de la tradición oral del pueblo y con muchos detalles sobre el mundo en el cual se sitúa la historia ayuda mucho a los y las oyentes a encender sus propias imaginaciones, haciendo conexiones con sus propias comunidades y vidas. 

Otra pedagogía muy integrada en nuestras culturas y muy relacionada con la oralidad es aprender mirando e imitando y aprender haciendo en el camino. Como varios mencionaron que el discipulado debe ser algo que toca la vida diaria, también en la comunidad indígena se aprende mirando a los que saben e imitando lo que hacen. Se aprende escuchando sus consejos mientras lo intentamos y aprendemos de nuestros errores y logros y también la corrección de los mayores. Igual que Jesús, quien llamó a sus discípulos, “sígueme,” y a Pablo quien animó a la iglesia a imitarlo, un discipulado indígena sería menos enfocado en guardar información de la Biblia en la cabeza y más en invitar a las personas a vivir a nuestro lado y mirar cómo vivimos, cómo aplicamos lo que conocemos de las Escrituras, de la tradición, de lo que el Creador nos revela a través de su creación, y del Espíritu. Como un hermano arhuaco preguntó, “¿Qué imitamos, a los no-indígenas? Ellos no entienden nuestra forma de ser. Nosotros enfatizamos la palabra del mayor, no solo la palabra escrita.” Si nuestros modelos para imitar son personas que ni siquiera conocen nuestra forma de ser, pensar, actuar, o enseñar, no seremos personas quienes podemos servir de modelos para que nos imiten otras de la comunidad. Si no podemos vivir una vida acorde a lo que Jesús nos enseña y también acorde a las formas que nuestra comunidad manifiesta los valores de la vida que encontramos en Jesús, entonces, aunque predicamos el evangelio todo el día, no va a ser visto como algo nuestro. 

Se trata de una vida encarnacional en la comunidad, como Dios se encarnó entre nosotros en Jesús. Cuando nos preguntamos cómo sería si Jesús se encarnara en nuestra comunidad, todos dijeron que hablaría nuestra lengua, aprendería nuestras costumbres y formas de vivir y trabajar, conocería la cultura, y respetaría lo bueno y criticaría lo malo. Podemos hacer lo mismo entre nuestros pueblos, y eso es parte fundamental de un discipulado para nuestros pueblos.

En muchos pueblos indígenas, los sueños y visiones tienen mucha importancia en la vida de las personas y hay que considerar el lugar de estas experiencias en una pedagogía para un discipulado que busca integrar epistemologías y pedagogías de la cultura y comunidad donde estamos. Pueden enseñarnos, guiarnos, o darnos advertencias. Vemos lo mismo en muchas historias de la Biblia. En algunos casos, las personas entrevistadas compartieron testimonios de cómo su llamado al ministerio o su conversión a la fe cristiana fue a través de un sueño. Unas personas en Guatemala también expresaron el lugar y trascendencia que las experiencias extáticas tienen para los creyentes indígenas. Estas experiencias pueden darse dentro y fuera de la liturgia en el templo pero la mayor parte de veces se dan en el contexto de la oración y de la ministración. Estas experiencias extáticas son una forma de experimentar a Dios, no solo conocerlo por conceptos. A través de estas experiencias extáticas o visiones algunos han sido instruidos o instruidas para tomar decisiones trascendentes de índole personal, familiar y/o comunitario, igualmente sienten la dirección de Dios para ir transformando sus vidas y dedicándose a lo que les ha llamado. ¿Qué implica esto para un discipulado indígena? Es un tema que tenemos que explorar más y ciertamente es un tema que la iglesia dominante eurocéntrica debe tomar en serio no solamente en su camino con pueblos indígenas sino también para aprender de nuestras hermanas y hermanos que insisten que los sueños y visiones tienen significado. 

Otro aspecto de nuestra cosmovivencia en nuestras comunidades que enriquecería mucho el discipulado cristiano entre nosotros y nosotras sería considerar nuestras espiritualidades originarias y cuáles de nuestras prácticas y rituales podrían ser parte de una formación espiritual para discipulado cristiano indígena. Todos los pueblos oran. Todos tienen rituales. Muchos tienen prácticas de meditación, ayuno, oración y hasta fiestas que son otras formas para conectarse con el cosmos y con el Creador. Jesús oró como un judío, no inventó otra forma de orar. Entonces, ¿es posible orar a Jesús a través de las formas que nuestros ancestros oraban y nuestros abuelos y abuelas oran? En tradiciones con un fuerte énfasis en la meditación y el ayuno, ¿cómo podemos integrar y dirigir esos tiempos y espacios a Jesús? Un discipulado indígena no rechaza de frente nuestras espiritualidades ancestrales, sino debe considerar cómo podemos dialogar con ellas, encontrar las huellas del Creador en ellas para aprender de su sabiduría mientras ofrecemos la sabiduría de Jesús en el acercamiento a las Escrituras hebreas y cristianas. Tampoco este proceso es algo claro ni sencillo. Por ejemplo, en la entrevista con una pareja arhuaco que son líderes de una iglesia de modelo occidental, se nota esa ambigüedad y tensión entre las prácticas tradicionales con los cristianos y cómo mantener una identidad arhuaco y respetar la comunidad, siendo fiel a los cambios que creen que Jesús les invita a hacer.

Finalmente, vimos que los valores de la relacionalidad, reciprocidad, y hospitalidad en nuestros pueblos son fruto de nuestra percepción de la interconexión e interdependencia de todas las cosas, y que estas miradas y valores ofrecen mucho para un discipulado más integral. Las ideas de discipulado que vienen de la iglesia eurocéntrica no prestan atención a nuestra relación e interdependencia con todos los seres de la creación. Necesitamos recuperar este sentido y percepción en nuestra vida cristiana y enseñarlo en nuestra formación espiritual, pues ignorar que somos hechos de la tierra no lo hace menos verdadero. Y este reconocimiento debe informar y enriquecer nuestras prácticas como comunidad de fe cristiana. 

Esta observación también nos pide reconocer que para un discipulado indígena, no podemos dejar afuera la importancia de la tierra. La importancia de la tierra en la cosmovisión y cosmovivencia de los pueblos indígenas no es un agregado sino es el fundamento de todo lo que uno vive y hace acentuado en el ser. Como comentó un líder cristiano wiwa, “Difícilmente los indígenas podemos hablar de una teología indígena sin tierra, no podemos hablar de teología viviendo en un edificio o hablar de discipulado, mucho menos de espiritualidad si no hay espacios que nos identifique.” Para un discipulado indígena, es necesario seguir trabajando y profundizando una hermenéutica de la tierra. ¿Cómo los pueblos indígenas entienden a Dios en y desde la tierra y el territorio? Como indígenas y como cristianos y cristianas reconocemos que Dios habla a través de la tierra y todos los seres en ella, así que los pueblos indígenas tenemos mucho que enseñar a la iglesia debido a una capacidad en muchas tradiciones de observar atentamente a la creación y Dios y aprender de ella. Es importante seguir abordando en este seguimiento de Jesús un discipulado en relación con la tierra y territorio. 

Para muchos pueblos indígenas, nuestras historias, memorias, identidades, y cosmovivencias habitan en un territorio particular, entre los contornos y figuras de su tierra. ¿Qué implicancias tiene esto para un discipulado cristiano en nuestros contextos? ¿Cómo encontramos al Creador en nuestros territorios y cómo puede relacionarse con las historias bíblicas también? Y más allá del contenido, como nos recuerda nuestro hermano wiwa, tenemos que tomar en serio las implicancias del espacio en el cual realizamos nuestro discipulado. Y cómo diría una hermana guna, escuchar la voz de la tierra, es escuchar la voz de Dios en ella y cómo nos enseña a través de ella.

En los contextos donde pudimos dialogar más largo y profundamente, como los grupos de diálogo en Panamá y Colombia, pudimos ver un cambio en el pensamiento acerca de estos temas. Al estudiar la Biblia a la luz del territorio local, nuestras tradiciones y las memorias encontraron un enlace al ver que la Biblia misma nos invita a involucrarnos en la vida de la comunidad y pensar en las implicaciones prácticas de una ética del reino de Dios en nuestras culturas y sociedades. De esta manera pudimos empezar a considerar cómo el discipulado es más amplio y profundo, sugiriendo la posibilidad de otra forma de seguimiento y no una simple reducción de circular la información sobre la Biblia e impartiendo una doctrina de la iglesia. También al considerar las riquezas de nuestras culturas, la verdad de Dios inmersa como huellas en nuestras lenguas y cosmovivencias, comenzamos a pensar en lo que las tradiciones indígenas tienen para enriquecer nuestras prácticas de discipulado cristiano. Como un pastor gunadule dijo, “ya veo que nuestra cultura es portadora de muchos valores bíblicos.” 

Entonces vemos que hace falta hacer más acompañamiento a iglesias indígenas para salir de la idea de que “no sabemos y necesitamos a los otros de afuera para decirnos lo que debemos saber, creer, o hacer” y movernos hacia una actitud de “Dios está aquí y tenemos muchas riquezas para compartir con la iglesia en diálogo con las Escrituras y el Espíritu de Dios.” Ayudar a cultivar o acompañar estos espacios de diálogo y discernimiento podría ofrecer oportunidades para considerar cómo podrían integrar o adaptar prácticas espirituales tradicionales en sus procesos de discipulado que habla en la lengua de la gente. Vemos que son procesos que tienen que modelar este tipo de discipular que se acerca más a las formas indígenas de pensar, actuar, enseñar y aprender. No es algo que podemos enseñar en teoría, sino como aquí mismo hemos sugerido, es fundamental realizarlo haciendo y aprendiendo en el camino. 

Una reflexión crítica de lo que vimos y aprendimos en el camino

Ni la academia, ni las misiones agotan la formación y el discipulado, tampoco el crecimiento espiritual lo hace solo la iglesia. Las realidades que vivimos nos llevan a formarnos. En algunas cosas hemos avanzado, pero en otras seguimos muy pasivos. No queremos ser indígenas que se hicieron creyentes por temor al infierno, sino más por amor a Jesús, su visión de reconciliación y servicio a la comunidad. Por eso nuestra formación debe estar direccionada a aportar a la comunidad y debe ser integral. Muchos indígenas también piensan que el discipulado es cumplir unos pasos y que el crecimiento espiritual se limita a personas que no se dejan tentar o personas que no se apartan de la fe, pero creemos que el crecimiento espiritual se ve en la persona que evidencia la esencia de la fe cristiana y del ser indígena. Entonces como ministerios, iglesias, y comunidades de fe indígenas ¿qué estamos pensando? ¿Estamos experimentando un crecimiento espiritual real? ¿Qué significa ser seguidor de Jesús y cómo le transmitimos ese discipulado?

En nuestros diálogos sobre el tema del discipulado, vimos un despertar, un hambre para conocer un discipulado que se acerca más a las cosmovivencias indígenas de lo que conocían nuestros hermanos y hermanas. Pero como vimos arriba, con nuestras formas de enseñar y aprender, basadas en la oralidad y en el ejemplo en el camino, necesitamos ver un nuevo modelo para seguir lo que la iglesia eurocéntrica y urbanocéntrica siempre nos ha ofrecido. Como nuestros hermanos y hermanas exnet y wichí del Gran Chaco comentaron, pensaban que sus formas tradicionales de enseñanza podrían ser incorporadas o útiles para el discipulado cristiano, pero no tenían idea de cómo lo harían. Entonces es imperativo que identifiquemos buenos modelos, iglesias indígenas que ya están practicando un discipulado indígena contextual para mostrar a otras lo que es posible. Es necesario también desafiar a las iglesias que vienen de las ciudades u otros países y decirles que su apoyo es apreciado pero que nuestras comunidades deben tener la última palabra para discernir y decidir qué de nuestras tradiciones es compatible y hasta enriquecedor para un discipulado cristiano en nuestros contextos. Tenemos que aprender tanto cristianos y cristianas indígenas y no-indígenas que puede y debe haber una mutualidad entre una fe cristiana auténtica en el contexto de una vida indígena auténtica. Para que los pueblos indígenas, incluso las iglesias indígenas, lleguen a gozar de su propia liberación y soberanía, tendremos que volver a reconocer quienes somos fuera de las instituciones, ideologías, e imaginaciones de la iglesia eurocéntrica y urbanocéntrica, incluso, si no especialmente, en el tema de la formación (discipulado).

Un ejemplo fuerte de esto que encontramos en nuestras conversaciones a lo largo del continente está en las iglesias indígenas que siguen bajo el control de influencias de afuera, sea de una estructura denominacional o misional. Ahí encontramos en los y las líderes que tienden a enfocarse en una falta de conocimiento bíblico en la iglesia indígena y la necesidad de conocer más de la Biblia pero creen que esa capacitación en la Biblia viene de los eruditos capacitados en instituciones fuera de su contexto. Sin embargo, no han hecho un trabajo de cuestionar quién define quiénes son “los que saben” o que tienen la capacidad para enseñar, por qué ellos son “capacitados” y tienen derecho de enseñar, qué es lo que enseñan y mucho menos han pensado en el cómo de la enseñanza. Frente a esta realidad sus iglesias siguen enseñando de la misma manera y siguen muchas veces fracasando en el intento de cultivar una iglesia más sana con liderazgo maduro. Muchos piensan que solo se necesita más enseñanza o terminan pensando que simplemente no son tan inteligentes como la gente de la ciudad, los extranjeros, o los que han ido a la universidad o seminario. Pero la realidad es que tenemos que empezar reconociendo que hay distintas formas de inteligencia, distintas formas de enseñanza y aprendizaje, y reconocer que las diferentes epistemologías y pedagogías de los pueblos indígenas son legítimas y más allá que tienen mucho que enseñar al resto de la iglesia.

Al igual que la necesidad de revalorizar y apreciar las culturas y cosmovivencias indígenas y dialogar con ellas en nuestras comunidades de fe, hay una necesidad también de hacer un trabajo más profundo de mirar nuestros propios problemas y necesidades en nuestras comunidades. Para quitar el discipulado del salón y hacer un discipulado del camino, tenemos que seguir pensando un discipulado y formación de acuerdo a nuestras necesidades y no lo que una iglesia diga o nos pida que hagamos para complacer o para ser aprobado desde su programa o currículum. La verdad es que necesitamos un discipulado que responda a nuestras preguntas y a los problemas y conflictos urgentes de nuestros pueblos. Un hermano chuj de Guatemala compartió su sospecha que el énfasis inconsciente de las enseñanzas en la iglesia era que había que hacer las cosas bien según el evangelio, pero para disfrutar las recompensas hasta en el cielo, mientras que los gobiernos y la iglesia [institucional] sí podían disfrutar de los beneficios terrenales aunque no hacen las cosas bien. Según él, sigue sucediendo ahora en Guatemala donde muy pocos viven bien a costa de la mayoría. ¿Estamos discipulando para que nuestras comunidades de fe luchen por la transformación hacia la vida plena y la reconciliación aquí en nuestros contextos? ¿O nuestros pueblos siguen sufriendo mientras enseñamos una esperanza que solamente nos promete que si nos portamos bien o creemos correctamente podemos dejar de sufrir en otra vida? 

También a la luz de los diálogos que tuvimos, vemos la necesidad de cuestionar las estructuras jerárquicas de poder en muchas iglesias, las cuales muchas formas tradicionales de realizar el discipulado en la iglesia eurocéntrica han replicado en nuestros contextos. Muchas veces esto ocurre porque presumen que hay algunos que son expertos o saben mejor y hay que diferir a ellos, y en muchos casos esto termina reforzando viejas dinámicas de poder coloniales donde los que vienen de afuera de la comunidad indígena deben tomar el control y tomar las decisiones sobre las vidas de la gente. Por ejemplo, en una conversación entre varias etnias en Colombia, reconocieron que las relaciones entre los no indígenas y los indígenas generalmente comienzan mal, con el misionero o iglesia no indígena resaltando todo lo negativo (desde su perspectiva) de nuestros pueblos y cuando quieren formar personas en la fe lo hacen empezando con lo malo que creen que hay que cambiar. Este enfoque presume que hay un pastor o líder que conoce cómo debes vivir y tiene poder o autoridad sobre ti para formarte a vivir de la forma que esta persona cree que es lo correcto, reforzando una relación jerárquica entre los dos. 

Frente a estas dinámicas, en nuestras conversaciones vemos que necesitamos procesos de discipulado que reconozcan y respeten las formas tradicionales de autoridad y organización (Este respeto no significa reforzar costumbres que abusan del poder sino como el ejemplo de Jesús, nos daría el espacio en la comunidad para desafiar abusos y corrupción y proponer volver a los valores ancestrales y bíblicos) y que busquen relaciones más horizontales con dinámicas más participativas. También necesitamos repensar cómo discipular para cultivar relaciones en nuestra comunidad de fe que respetan el conocimiento, la autoridad, la vulnerabilidad, y los dones de cada persona. En vez de un “experto” invulnerable por encima de los demás, cómo sería practicar un discipulado donde compartimos la palabra en círculo, donde cada uno tiene algo que dar y cada uno expone sus debilidades, dudas, y preguntas los unos a los otros, donde conversamos, caminamos, y crecemos juntos y juntas. En el diálogo mutuo nos cuidamos. 

Este cambio nos ayuda a retomar nuestra autonomía y soberanía espiritual. Sin dejar de reconocer nuestra interdependencia y la necesidad de aprender los unos de los otros, las iglesias indígenas necesitan dejar de pensar que nuestra vida y formación espiritual depende de la supervisión o dirección de gente “experta” de afuera. Tenemos que tomar responsabilidad por nuestra propia formación y desarrollar nuestra propia voz para responder a nuestros contextos, a la vez manteniendo una apertura e invitación a dialogar con las tradiciones cristianas de todo el mundo. Hay que dar espacio para que hermanos y hermanas indígenas dialoguen sobre los temas que queremos tocar alrededor de esta cuestión de formación espiritual en nuestros contextos. No quiere decir que nuestros hermanos y hermanas no indígenas deben ser excluidos y excluidas de la conversación, solo que los pueblos indígenas y las iglesias que se encuentran en las comunidades necesitan espacio para hablar de estas cosas para poder cultivar nuestras propias formas de discipulado basadas en nuestros sistemas de conocimiento. Después podemos abrir la conversación para dialogar con el resto de la iglesia. En el proceso esperamos que lo que aprendemos en el camino pueda también enriquecer a nuestras hermanas y hermanos de la fe y de la tierra y que podamos aprender a escuchar atento y con humildad a lo que el Creador quiere revelarnos en nuestro prójimo. 

*Este informe de Memoria Indígena es el resumen y análisis de un proceso de investigación y conversación con personas de varios pueblos de varias partes de Abya Yala realizada con la ayuda financiera de la Templeton Foundation a través de la Universidad de Biola.