A 534 años del 12 de octubre de 1492: Abya Yala, memoria, resistencia y re-existencia

No fuimos descubiertos.

Cuando las carabelas llegaron en 1492, esta tierra ya tenía nombres. Cada pueblo la nombraba desde su propia memoria. Mis abuelas y abuelos la llamaban Abiayala, como se escribe en dulegaya,¹ el nombre que hoy el continente conoce como Abya Yala. Y ese nombre no lo guardaron en libros ni en archivos: lo guardaron en el canto.

Según la memoria gunadule, la tierra como madre, Nabgwana, ha pasado por cuatro etapas, y en cada una el continente tuvo un nombre distinto: Gwalagunyala, Dagargunyala, Yaladinguayala y Abya Yala. Este último nombre significa territorio salvado, preferido, querido por Baba y Nana; tierra madura, tierra fértil, tierra de sangre.² Es el camino de donde vienen nuestras abuelas y abuelos. Y la sangre, en nuestra memoria, no habla de muerte: habla de vida. Es la sangre que corre como los ríos en el cuerpo de Nabgwana, la fuerza con la que la tierra nutre a todos los seres. Abya Yala no es solo un nombre geográfico: es una historia de la tierra contada desde adentro.

Pienso en mi abuela cosiendo una mola. Capa sobre capa de tela, corta con cuidado la de arriba para que aparezcan los colores que estaban debajo. Nada se descarta: lo de abajo sostiene lo de arriba, y la figura solo existe porque todas las capas están unidas. Cada uno de esos cuatro nombres es una capa de esa mola. Así es nuestra memoria: generación tras generación, nuestras abuelas y abuelos la fueron cosiendo y cantando, y cada nueva generación descubre, debajo, los colores que siempre estuvieron ahí.

Ese nombre gunadule cruzó después nuestras «fronteras». Movimientos indígenas de todo el continente, a propuesta del líder aymara boliviano Takir Mamani, lo adoptaron como nombre común frente al nombre impuesto de “América”. Abya Yala es un concepto cosmogónico y el nombre ancestral del continente, nacido de la lengua dulegaya. Como quien hereda un diseño sagrado, el pueblo Gunadule custodia ese nombre para el mundo. Y esa memoria es nuestra ofrenda: una sabiduría que no nace de los libros, sino del canto, de la mola y del caminar milenario de nuestro pueblo en su propia tierra.

Por eso, cada 12 de octubre, cuando se habla de “descubrimiento”, quiero decirlo con claridad: nadie descubre a los pueblos que ya se habían nombrado a sí mismos.

Cada idioma, un mundo: el pluriverso de Abya Yala

Tener un idioma propio habla de la capacidad creadora del ser humano. Pero los gunadule no solo tenemos idioma. Tenemos territorio e identidad. Tenemos espiritualidad y una manera propia de entender el ser y el conocer.

Pienso en una madre gunadule que mece a su bebé en la hamaca y le canta. El bebé todavía no entiende las palabras, pero ya está aprendiendo: aprende el ritmo de su pueblo, la voz de los suyos, el vaivén que lo une a la tierra. Antes de caminar, antes de hablar, ya recibió la memoria. Eso es una epistemología: un saber que se recibe en relación, con el cuerpo, con el canto, en brazos de la comunidad. Lo que la academia hoy llama “método”, nuestras madres y abuelas lo practicaron durante siglos sin necesidad de ponerle ese nombre.

Por eso Abya Yala no es una palabra exótica para nombrar un continente. Es la prueba de que aquí existía, y existe, un pensamiento propio, completo y vivo. Y no uno solo: cada pueblo, con su idioma, guarda un mundo. Abya Yala es un pluriverso, una tierra donde caben muchos mundos.

Nombrar para poseer, recordar para pertenecer

En 1492 llegó una lógica distinta: la de quien llega, nombra y toma posesión. Se rebautizaron ríos, montañas y pueblos enteros. Nombrar fue una forma de apropiarse.

Nuestra memoria enseña lo contrario. No nombramos a la tierra para poseerla: la nombramos porque le pertenecemos. Pertenecemos a la tierra porque de ella emergemos.

Lo decimos en dulegaya: Anmar Nabgwana bundorgana, somos hijas de Nabgwana. La tierra no es un recurso. Es nuestra madre. Y a la madre no se la negocia, se la cuida.

Esa es la diferencia entre ser descubiertos y ser memoria: unos vieron una tierra para tomar; nosotros vemos una familia que cuidar.

Esta memoria no ha sido solo contemplación. También ha sido resistencia.

En febrero de 1925, nuestro pueblo se levantó en la Revolución Dule contra el Estado panameño de entonces, que intentaba arrancarnos la mola del cuerpo, prohibir nuestras ceremonias y nuestra forma de vivir. Fue una gesta por el derecho a seguir siendo quienes somos, y abrió el camino a la autonomía que hoy defendemos en nuestra comarca.

Esa respuesta también fue un acto de memoria. Nuestro pueblo recordó a los urigan, los guerreros y defensores del territorio que, junto a la sabiduría de los nelegan, enfrentaron la invasión que llegó a Abya Yala en 1492. Recordó que ya habíamos resistido antes a quienes llegaron a imponerse, y que defender a Nabgwana no es solo un acto de fuerza, sino de dignidad y coraje.

1925 nos recuerda lo que significa Abya Yala: un pueblo que no olvida y que, por no olvidar, no se rinde.

Hoy, 534 años después, la lucha continúa con otros rostros.

Abya Yala es también nuestro compromiso frente a la crisis climática, frente al extractivismo que sigue abriendo heridas en los territorios y frente a la necropolítica, esa lógica que decide qué vidas importan y cuáles pueden sacrificarse. La lógica de 1492, la de llegar, nombrar y tomar, no terminó. Hoy se presenta como minería, como despojo en nombre del desarrollo e incluso como “soluciones verdes” que vuelven a tratar la tierra como mercancía.

Frente a eso, Abya Yala es una propuesta política. Es vivir sabiéndonos conectados con la Tierra, con el territorio, con los animales, las plantas, los bosques, los arrecifes y la abuela mar. Es una ética, y vivir desde esa ética es lo que nos une al movimiento mismo de la Tierra.

Esa ética tiene prácticas concretas. Desde épocas ancestrales, nuestro pueblo trabaja la tierra con el nainu. Después de la cosecha de maíz, arroz o plátano, la tierra se deja descansar diez años o más para que se nutra, y entre los cultivos se siembran árboles útiles junto a una gran diversidad de plantas. Así se cuidan los suelos, la biodiversidad y nuestra soberanía alimentaria.

Por eso, cuando hoy los pueblos indígenas llegamos a los espacios donde se negocia el futuro del planeta, no llegamos con las manos vacías. Llegamos con una memoria que sabe cuidar la vida, porque la ha cuidado durante milenios. Y esa memoria da frutos. En Belém, en la COP30, logramos que la decisión sobre Transición Justa reconociera el consentimiento libre, previo e informado de los Pueblos Indígenas.

Y el camino sigue. Del 19 al 30 de octubre nos encontraremos en Ereván, Armenia, en la COP17 sobre biodiversidad, donde se hará la primera revisión global del Marco Mundial de Biodiversidad de Kunming-Montreal y donde seguiremos defendiendo, desde el artículo 8(j), los conocimientos de nuestros pueblos. Y del 9 al 20 de noviembre, en Antalya, Turquía, en la COP31 sobre cambio climático, seguiremos luchando para que la transición justa no repita la lógica de 1492: que no haya transición sin consentimiento, ni justicia sin los pueblos indígenas.

Resistencia y re-existencia

Abya Yala, Abya Yala, cantamos.

Nuestro pueblo guarda en su propia memoria los registros del lamento y de la celebración, de la resistencia y de la re-existencia. Es resistencia, porque seguimos aquí. Y es re-existencia, porque no solo sobrevivimos: seguimos creando, cantando, cosiendo, sembrando, enseñando y proponiendo otra manera de habitar el mundo.

Sueño con un mundo donde el Balu Wala, el gran árbol de nuestra memoria, que no le pertenece a nadie y a todos sostiene, sea la política de la vida. Una política que nos permita vivir hermanados entre pueblos y hermanados con todos los seres que comparten esta casa.

Lo escribí una vez en mi poema Renacer en Abya Yala: un nuevo amanecer, y hoy vuelvo a decirlo:

Desde el vientre mismo del Creador, un rugido de esperanza estalla, más fuerte que cualquier dolor. (…) Que broten las semillas de café, cacao y maíz sagrado, papas que nutren un futuro renovado. (…) Y Abya Yala renace con un nuevo amanecer.

Este 12 de octubre no celebro un descubrimiento. Celebro una memoria que nunca dejó de cantar.

No fuimos descubiertos. Fuimos, somos y seguiremos siendo Abya Yala.


Jocabed Reina Solano Miselis

Hija de la nación Gunadule
Directora de Memoria Indígena