Defender los derechos de los Pueblos Indígenas es defender nuestra relación con la Tierra y el territorio. No defendemos papeles: defendemos el vínculo con Nabgwana, la Madre Tierra, de la que emergemos. Todo lo demás nace de ahí.

Llevábamos dos semanas negociando. Era el último día, ya de madrugada, y todavía no llegábamos a un acuerdo. Es difícil llegar a uno cuando en la misma sala conviven formas tan distintas de entender el mundo y el conocimiento. Y es más difícil aún cuando las normas se desvirtúan en nombre de lo que, supuestamente, es mejor para el otro. Estaba exhausta. Estaba frustrada. Pero había palabras que sentía necesarias para el debate, y pedí la palabra por Panamá. Hablé pocos minutos. En esos minutos cabían años de memoria: la de mi pueblo Gunadule y la de tantos pueblos que han escuchado, una y otra vez, que alguien más sabe lo que nos conviene.

Quise nombrar algo que en esas salas casi nunca se nombra. El colonialismo de hoy rara vez llega como dominación. Llega como ayuda, como orden, como sentido común. Por eso cuesta tanto verlo.

Lo que sigue es mi lectura, como negociadora del artículo 8(j), de lo que ocurre en las salas. No solo en Ereván, sino también en muchas de las mesas donde se toman decisiones que tocan el destino de nuestros pueblos.

Ocho frases amables

1. “Lo decidimos por consenso”

Suena democrático. Pero muchas decisiones sobre nuestros pueblos se toman de madrugada, cuando el cansancio ya ganó la discusión. Y el cansancio no es neutral: cuando no queda fuerza para un acuerdo nuevo, gana lo que ya existía. Por eso empecé con “buenas noches, o más bien, buenos días”.

Dije también que “a menudo partimos de enfoques divergentes” y, como se escucha en el video, hablé de las distintas aproximaciones ontológicas y epistemológicas que conviven en la sala. Para el pueblo Gunadule la tierra no es un recurso, es una pariente: Anmar e ibed suli: anmar naa gwenaddi mala. No la poseemos, somos su familia. Un consenso que no reconoce que negociamos desde mundos distintos termina imponiendo el mundo del más fuerte. En la casa del congreso gunadule el acuerdo no nace del agotamiento, nace de la memoria compartida.

2. “Ya están reconocidos”

Suena a logro. Pero un derecho puede estar escrito y, al mismo tiempo, suspendido. Cada vez que la libre determinación aparecía en los textos, la colocaban entre corchetes, y la última palabra quedaba en manos de las Partes. Un derecho que necesita permiso deja de ser derecho: se vuelve concesión. Por eso dije que esto refleja “una vieja idea colonial: la premisa de que otros saben mejor que nosotros lo que nos conviene, y que necesitamos permiso o autorización externa para ser validados”.

3. “Los estamos incluyendo”

Suena generoso. Pero quien incluye decide la puerta, el número de sillas y el idioma de la conversación. La libre determinación no es que nos dejen entrar. Es participar en escribir las reglas de la casa.

4. “Lo hacemos por su bien”

Es la frase más antigua de todas. Con ella se justificaron las misiones, los internados y la tutela del Estado sobre nuestros pueblos. Hoy vuelve, más amable, cada vez que otros deciden qué categoría nos protege mejor o quién debe hablar por nosotros.

5. “Es solo terminología”

Suena técnico, casi inocente. Pero una palabra organiza asientos, fondos e informes. Por eso dije que “lo que se nombra —y lo que se omite— tiene consecuencias políticas profundas”. Como también se escucha en el video, hablé de discriminación simbólica: el poder de decidir con qué nombre te llaman y en qué categoría te ponen. No te quita la tierra de inmediato, pero prepara el camino para que la pierdas sin ruido. Lo que no tiene nombre propio no puede reclamar nada propio.

Bajo la etiqueta “comunidades locales” hay realidades muy distintas. La Relatora Especial de la ONU sobre derechos culturales lo recordó este año: esa etiqueta agrupa a campesinos, pastores, pescadores y afrodescendientes, grupos que con frecuencia quedan invisibles (A/HRC/61/49, párr. 47). Y algunas de esas comunidades son pueblos indígenas a quienes su Estado no reconoce como tales. La diferencia no la decide la etiqueta ni el Estado: la decide la autoidentificación de cada pueblo. Por eso fundirlas en una sola sigla no protege a nadie: a unas les niega su condición de pueblo y a las otras les impide tener su propio camino.

Por eso nombré también a las poblaciones afrodescendientes. Nombrar a cada pueblo es la única manera de proteger a cada pueblo, y nombrarlo no le quita nada a nadie.

6. “Todos somos iguales”

Suena justo. Pero tratar igual a quienes viven situaciones distintas también es discriminar. Por eso usé la palabra racismo y dije que “no siempre es visible ni explícito”. La Convención Internacional sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial no mide la discriminación solo por la intención, sino por el efecto (artículo 1). Nadie en esa sala se considera racista. Pero una igualdad que borra la diferencia puede dejar a un pueblo tan fuera como una exclusión abierta.

7. “La autonomía pone en riesgo al Estado”

Suena prudente. Es un miedo, no un hecho, y el derecho ya lo respondió. La Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas protege la integridad territorial de los Estados (artículo 46.1) y define nuestra libre determinación como autonomía en los asuntos internos y locales (artículo 4). Así lo dije en la sala.

La historia lo confirma. En 2007, cuatro Estados votaron contra la Declaración: Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Estados Unidos. Años después, los cuatro la respaldaron, y ninguno perdió un palmo de territorio por hacerlo. Lo que todavía divide a esas sociedades no es el reconocimiento, sino las heridas de la negación: las tierras arrebatadas, los internados, las deudas que siguen abiertas. En mi país, la autonomía de Guna Yala no fue un regalo: fue una conquista de nuestros abuelos y abuelas en la Revolución Dule de 1925. El camino no ha sido perfecto y quedan deudas. Pero lo que puso en riesgo la convivencia nunca fue la autonomía, sino su negación. Lo que rompe a un Estado no es reconocer a sus pueblos. Es negarlos.

8. “Seamos pragmáticos, no hay tiempo”

Suena responsable. Pero lo provisional, aceptado con prisa, se queda para siempre. Y los textos que llegan al final, cuando ya nadie alcanza a leerlos, favorecen a quien los escribió y a quien prefiere que nada cambie. Por eso pedí tiempo para “revisar en detalle las contribuciones” que llegaron en las últimas horas.

La jugada de ajedrez

Hay una novena narrativa, la más fina de todas, porque nace de algo que yo misma dije: “Los Pueblos Indígenas y las comunidades locales no estamos divididos en los territorios. Es el sistema institucional el que intenta dividirnos”. Sobre esa verdad se levanta una conclusión falsa: si pedimos espacios propios le hacemos el juego al sistema, así que lo mejor es no diferenciarnos. Misma premisa, conclusión opuesta.

En su versión más elegante, esta narrativa ni siquiera niega nuestra diferencia: la celebra. Reconoce que tenemos derechos propios, cita la Declaración, invoca el artículo 18. Y después concluye que podemos “sostener la diferencia” dentro de un solo espacio, con una sola voz elegida en común. Es una jugada de ajedrez: se cede un peón para conservar el centro del tablero. Se concede el principio para conservar el procedimiento. Quién elige, quién nomina y quién habla sigue exactamente donde estaba.

Hay que desenmascararla, porque alguien podría usar mis propias palabras para defenderla. Yo critiqué la diferenciación impuesta, no la diferencia propia. Dije que “los procesos de diferenciación que se imponen” terminan siendo discriminatorios, “porque están diseñados desde la estructura misma en que se construyen los Estados-Nación”. La palabra clave es imponen. Es discriminatorio que un Estado decida quién es indígena y quién no. No lo es que un pueblo diga su propio nombre y elija a quien lo representa.

El colonialismo, además, no solo dividió: también homogeneizó. La palabra “indio” borró a cientos de pueblos, cada uno con su lengua, su territorio y su gobierno, bajo un solo nombre fácil de administrar. El colonialismo todavía tiene espada, pero ha aprendido a borrar también con la norma. Lo saben quienes defienden la tierra y la pagan con su vida. Y ahora se esconde, además, detrás del bien común y del bienestar igualitario para todos, palabras que nadie se atreve a discutir. No siempre necesita negar que existimos: le basta con inscribirnos en una categoría donde nuestras diferencias no cuentan. La homogeneización es la forma normativa del colonialismo de nuestro tiempo, su versión más eficaz es la que se presenta como unidad.

El sistema no nos divide con nombres, nos divide con escasez: un solo asiento, un solo micrófono, una sola bolsa. Si borramos los nombres, la escasez sigue ahí, solo que ya no se ve quién pierde. Por eso la categoría única le conviene tanto: es más fácil de administrar, de consultar a bajo costo y de reclasificar. Si la fusión fuera resistencia, el sistema no la habría adoptado con tanta facilidad.

Sé que muchos hermanos y hermanas defienden el espacio común de buena fe, por un miedo legítimo: que los pueblos a quienes su Estado no reconoce se queden fuera. Comparto ese miedo. Pero renunciar a un derecho por miedo es, otra vez, pedir permiso. La respuesta no es una sigla que nos borre a todos, sino mecanismos propios abiertos por autoidentificación, que protejan a esos pueblos sin dejar de ser quienes somos. Una unidad que solo se sostiene si nadie dice su nombre no es unidad: es silencio.

Pero la trampa no es solo la jugada. Es el tablero. La jugada supone que nuestros derechos nacen de un texto jurídico y que, por eso, pueden moverse como piezas. Para nosotros es al revés. El derecho no es la fuente de nuestra existencia como pueblos: es apenas el lugar donde los Estados aprendieron, tarde, a escribirla. Nuestros derechos nacen de la relación con la tierra que nos sostiene. Nos pertenecemos a la tierra porque de ella emergemos. Cuando cito la Declaración no cito una concesión: cito el momento en que el mundo reconoció una ética que nuestros pueblos ya vivían, la ética de la vida y de la tierra.

Desde esa ética, la conclusión es clara. Reconocer que somos pueblos y negarnos un procedimiento propio para decidir quién habla por nosotros no es sostener la diferencia: es neutralizarla. Una hermandad que habla por otras y otros sin su mandato no es hermandad, es tutela. Cuidar a un pueblo no es hablar por él.

Esta partida no se gana moviendo mejor las piezas. Se gana negándose a jugar en un tablero donde otros deciden cuánto valemos.

La unidad que pide mi pueblo

Atencio López, hermano de mi pueblo Gunadule, lo dice así:

“La verdadera lucha de los pueblos indígenas no está solo en los foros internacionales, sino en la defensa de nuestro territorio. Sin tierra titulada y segura, los demás derechos quedan en el aire. En muchos países de nuestra región los avances formales existen, pero la seguridad jurídica territorial sigue siendo una deuda pendiente. Años y décadas de trámites sin resolver son también una forma de desprotección que abre la puerta al despojo. Hermanos y hermanas, los poderes siempre van a buscar vernos divididos porque saben que la fragmentación nos debilita. Nuestra mayor fuerza es la unidad.”

Hay que leerlo en su orden. Primero dice dónde está la lucha: en el territorio. Después, qué la amenaza: trámites que nunca terminan. Solo al final habla de unidad. La unidad que pide mi pueblo no es la de una sigla en una sala de negociación. Es la de pueblos con tierra, con nombre y con autoridad propia, que se juntan frente a quienes los despojan.

Y nombra algo que en las salas casi nunca se dice: el despojo no siempre llega con máquinas. A veces llega con un expediente que nunca se resuelve. Una categoría que nos funde con otros alarga todavía más ese expediente, porque el Estado discute primero quiénes somos antes de reconocer lo que es nuestro.

La mola, que cosen las mujeres gunadule, lo enseña. Se hace con capas de telas de colores distintos, cosidas y recortadas para que cada una se vea a través de la otra. Si se funden en una sola tela, no hay figura. La alianza entre Pueblos Indígenas y comunidades locales es real y necesaria, pero se cose entre sujetos con nombre, territorio y mandato propios.

Los espacios en las salas son necesarios, pero no suficientes. La burocracia internacional sabe regular cómo se habla del despojo, pero no sabe detenerlo. Lo que de verdad nos protege está en el territorio: linderos demarcados, bosques y aguas bajo nuestro cuidado, defensores y defensoras con vida, nuestra propia justicia. Sin eso, cualquier asiento es un escudo de papel.

Cuatro preguntas para desenmascarar cualquier propuesta

1. ¿Quién elige a los representantes indígenas: solo los Pueblos Indígenas, o también otros? La Declaración de la ONU dice “elegidos por ellos”, no “elegidos con otros”.

2. ¿Quién reporta? ¿Se puede saber qué llega a cada uno, o todo se suma en una sola cifra?

3. ¿Quién pierde si hay conflicto? ¿Hay una regla para que ninguno gane a costa del otro?

4. ¿Quién gana si nada cambia? Y si un Estado no nos reconoce, ¿nos protege más una sigla compartida o nuestro derecho a autoidentificarnos?

Apliquemos estas preguntas a la propuesta de mantenernos en un solo espacio, con una sola voz elegida en común. Las respuestas hablan solas.

¿Quién elige a los representantes indígenas? Un espacio donde también deciden otros. ¿Quién reporta? Nadie por separado: todo se suma en una sola cifra. ¿Quién pierde si hay conflicto? No se sabe, porque la propuesta no resuelve los conflictos: pide evitarlos. ¿Quién gana si nada cambia? Los espacios que hoy canalizan la participación y los Estados que prefieren no distinguir.

Y sobre los pueblos que su Estado no reconoce, el derecho internacional ya respondió. Nuestros derechos existen aunque el Estado los niegue, y la puerta de entrada es la autoidentificación, no una sigla. Una categoría compartida no protege a esos pueblos: le permite al Estado llamarlos “comunidades” sin pagar ningún costo.

Tres convenciones, una misma pregunta

Acabo de volver de Ereván, donde negocié el artículo 8(j) por Panamá. Pero esta pregunta no es solo del Convenio sobre la Diversidad Biológica. En agosto, en Ulaanbaatar, la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación reunió por primera vez a dos caucus distintos: uno de Pueblos Indígenas y otro de comunidades locales. Cada uno habló con su propia voz en las plenarias. En la Convención Marco sobre el Cambio Climático, la plataforma de comunidades locales y Pueblos Indígenas organiza desde 2018 la representación indígena por las siete regiones socioculturales.

El 9 de noviembre empieza en Antalya la COP31 del clima, y la misma pregunta estará en la sala: ¿quién elige? El sistema de Río no puede reconocer nuestra diferencia en Ulaanbaatar y diluirla en Ereván. La coherencia entre convenciones no es un detalle técnico: es la prueba de que la libre determinación vale en todas las salas, y no solo en algunas.

Lo que viene

Al final, la COP17 adoptó las reglas de funcionamiento del nuevo órgano permanente del artículo 8(j). Es un paso histórico, por el que muchas y muchos trabajamos durante años, y lo reconozco. Cuando se publique el texto oficial, volveré con un análisis detallado de lo acordado y de lo que todavía falta.

Mientras tanto, sostengo lo que dije en Ereván. La unidad que defiendo no exige borrar nombres. Exige que el sistema deje de fabricar escasez. Ese es el adversario común, no el vecino.

La próxima vez que alguien te diga que lo hace por tu bien, pregúntale: ¿quién eligió?

Solo es posible transformar aquello que nos atrevemos a nombrar.