Diálogos indígenas en Taiwán — una misión del Grupo de Referencia del Consejo Mundial de Iglesias

Un reporte narrativo

Soy Jocabed Reina Solano Miselis, hija de la nación Guna, nacida en la comarca de Gunayala —más de 365 islas en el Caribe guna de Panamá— y portadora de la memoria de mis abuelas y abuelos. Viajé al sur de Taiwán para escuchar y aprender, y también para compartir las memorias de mi pueblo, movida por una profunda admiración y por el deseo de discernir cómo la fuerza vital sigue entretejiendo la memoria de los pueblos indígenas: para ver cómo sostienen su identidad, ejercen su autonomía y cultivan su espiritualidad ante tiempos de cambio y riesgo.

Al llegar, lo primero que resonó fue la política de la casa: la nega. Para el pueblo Guna, la nega no es solo un espacio físico; es un sacramento político y teológico. La casa donde se hace palabra, se toman decisiones y se cuida la vida. En la nega se encarna la teología comunitaria: cada acto político es también un acto espiritual, porque responde al mandato de proteger la tierra y a las generaciones.

Conversar con la legisladora Saidai fue conversar con esa teología viviente. Ella nos recordó que legislar es proteger la dignidad de las personas y del territorio, y que las leyes pierden sentido cuando desconocen las cosmologías y memorias de los pueblos.

Recorrimos territorios y talleres —Labunu & Muni’s House, Dragonfly Beads Art Studio, el taller Ljaukui en Rinari— y la hospitalidad nos envolvió entre comidas compartidas, tés, saludos, regalos, risas. Estas acciones cotidianas funcionan como liturgia: la mesa, el intercambio y el alimento son sacramentos que reafirman la comunidad.

El arte indígena, con sus colores y símbolos, preserva memorias ancestrales; cada pieza es un relato encarnado que habla del origen, la resistencia y la esperanza. Visitar comunidades resilientes mostró cómo la memoria colectiva se transforma en práctica política al reimaginar el mundo desde lo propio sin abandonar la tradición. Compartir alimentos, escuchar el viento, estrechar manos y sentir el humo sagrado son experiencias que no caben del todo en la palabra escrita, pero quedan tatuadas en la memoria del cuerpo.

La experiencia en la iglesia paiwan —su arquitectura, la música, el compartir dones— fue una relectura del gesto cristiano desde rostros indígenas: una teología que acoge la creación y honra la vida. En la oficina de la iglesia y en la televisión indígena vimos cómo se construye narración propia, reafirmando que no somos pasado sino memoria viva y presente.

Reflexión teológica

La nega como sacramento nos enseña que la política legítima nace del cuidado: cuidado del otro, del territorio y del tiempo. Desde la teología indígena, toda decisión pública debe medirse por su efecto en la vida comunitaria. La liturgia cotidiana —la comida, el arte, la palabra— es escuela de ética política. Así, la autonomía no es solo un derecho jurídico sino la encarnación de una vida sagrada donde la gobernanza es servicio. Cuando las leyes se desalinean de esa sacralidad, dejan de ser justas.

Semillas para el camino

  • Fortalecer la nega como espacio decisorio, cultural y espiritual.
  • Requerir consentimiento y liderazgo comunitario en proyectos e iniciativas.
  • Potenciar medios y arte indígenas para narrar y defender memorias.
  • Promover alianzas que respeten la teología y cosmovisión indígena, no que las instrumentalicen.
  • Cultivar la hospitalidad como práctica política y espiritual que construye confianza.

 Palabras finales

Me fui con el corazón lleno y una certeza: la casa nos enseña a gobernar con ternura. La nega nos recuerda que gobernar es cuidar; la ley más justa es la que protege la vida y honra la memoria. Regreso con nuevas memorias e historias, dispuesta a seguir tejiendo caminos en los que la memoria y la fe se conviertan en fuerza política y esperanza común.